
Esa mañana, caminando por la orilla había varias
personas que miraban hacia el caserío y compartían un pensamiento similar: cuando se recuerda la casa veraniega de la
niñez, pareciera que sí se puede volver a esos colores, a los aromas, a los juegos?
entonces, se puede volver a empezar.
El agua llegaba sin fuerza y se devolvía igual. Como los ojos de esos desconocidos, que
evitaban mirarse.
Estaba fresco, todos andaban de buzo. Las mujeres, con el pelo tomado, ellos con
gorros deportivos. Iban con anteojos
oscuros, a pesar que el sol aún no se asomaba.
Sus miradas iban del mar al poblado playero que por
esa fecha se agitaba con la llegada de los visitantes de fin de semana
largo. Cada par de ojos intentaba
adentrarse a una casa distinta y así era como sus mentes retornaban a otros
días, cuando sus necesidades eran menores, sus pieles eran más firmes y los
misterios del futuro eran muchos más de los que sus mentes podían
identificar. Solían almorzar apurados,
dormir muchas horas y pasarse otras tantas entre el mar, las paletas, las
miradas furtivas, los planes nocturnos y largas duchas antes de salir a
reventar la noche. Los desilusionados se
quedaban en la casa, junto a alguna madre o una abuela, pelando porotos o
secando cuchillos y tenedores. Y siempre
había algunos que se quedaban escuchando música o simplemente con los ojos
instalados en el techo.
Y entonces, esa mañana de tantos años después, unos
volvían a oler la olla humeante de un sabroso plato de granados, mientras alguna
apretaba los párpados recordando un primer beso robado y otra mujer se volvía a
encontrar con el galán del verano que le había tomado la mano, al tiempo que
aquel que le lanzaba conchitas a un perro, se sonreía al recordar la envidia
que causaba entre su grupo de amigos cuando jugaba paletas.

Sólo los pies de aquella colección de desconocidos
parecían estar ahí, sintiendo el ritmo matinal de la marea. Sus miradas, sus sonrisas, sus mentes divagaban
en sentido contrario.
Una de las mujeres se preguntaba por qué sólo
recordaba cosas buenas, si desde hacía muchísimo tiempo sólo era capaz de vivir
entre todo lo malo del ser un adulto maduro y responsable. El hombre del perro intentaba dar con el
orgullo con que su chica de entonces lo observaba mientras disfrutaban un
paleteo, al tiempo que reflexionaba con amargura sobre como el desprecio mutuo
entre él y su mujer se había instalado sin darse cuenta. Y aquel que se había quedado en la sobremesa,
sentía sus ojos humedecer al recordar a su ya fallecidas madre y abuela.
Continuaban parados en la orilla, dando unos pasos
hacia adelante y devolviéndose, siguiendo acompasadamente la dinámica
marina. Por la calle iban apuradas las
mujeres que daban servicios de aseo y cocina.
No, ya no hay Rosita, ni Clara, ni Julia, ni María, ni la que fuera que
los había visto crecer. No había
complicidad con aquellas mujeres que los consentían; hoy estaban las lugareñas
que trabajaban despabiladas, por horas. Mientras el camión de la verdura iba adelantado
a cargar, algunos perros merodeaban por los basureros públicos y circulaban
algunos ciclistas premunidos de cascos, trajes y lentes especiales. Las bicicletas enclenques y multicolores
habían sido exiliadas por diseños ultramodernos y aerodinámicos.
El viento y el sonido seco de una ola más vigorosa
que las anteriores, los sacó de sus cavileos.
Sin saberlo, se sacaron los lentes casi al mismo tiempo, mirando al
cielo, mojándose alguna mano, y por primera vez, intercambiando vistazos entre
unos y otros. Nadie sonrió, ninguno
mantuvo el contacto visual más que por un par de segundos.
Recordar, estar aquí y saber que el futuro será más
de lo mismo y menos del ayer. El mar y
su espuma, la fuerza de las corrientes, los golpes del agua contra las rocas,
las aves revoloteando, el viento desplazando a las nubes. Y por fin, el sol, majestuoso, que apremia y
espanta. Que suaviza las formas, que nos
contagia de energía para seguir con la caminata, el trote y apurarse con algún
encargo para el desayuno.
-
¿Cómo estuvo el
paseo?
-
Bien, bien?
claro que no sé, como que ya no es lo mismo.
-
¿Lo mismo, qué
no es lo mismo?
-
Es como si
fuera otra playa.
- Ah?, eso, otra playa.
¿Era eso, que el balneario era otra cosa o eran
ellos los que habían cambiado?, fue el pensamiento que los asaltó. Pero no levantaron la mirada, no comentaron,
no tomaron en cuenta la disquisición que los llenaba de vacío. Así era más fácil sobrellevar el día a día,
anestesiando no sólo al intelecto, sino que también el alma.
A la mañana siguiente, estaban de nuevo, los mismos,
en igual disposición. Eso sí, ahora sus
ojos consultaban rasgos, vestimenta, en fin, cualquier pista de algo que los
ayudara a clasificarse.
- ¿Irá a salir el sol?- dijo ella. El movimiento se detuvo. El de las paletas de antaño, ladeó la cabeza
y deslizó brevemente sus lentes oscuros, mirándola. Aquella que con inquietud recordaba los
primeros besos, se adentró hacia el mar, con algo de vergüenza ajena. Y ese otro, el de mujeres y ollas, sonrió y
dijo: ¿Cómo saber, cierto? Todo es tan impredecible, por estos lados,
¿no?
Ella sonrió, más tranquila y lo miró cálida. La de la orilla se dio vuelta y sacándose
también los anteojos agregó: Sí, que
ganas de poder saber siempre cómo va a amanecer.
-
Bueno, lo ideal
sería saber cómo uno va a amanecer, ¿verdad?- dijo con una leve vibración en la
voz el que de joven había sido más bien callado. Se sacó la gorra y con la mano extendida le
dijo a ella:
- Hola, me llamo Tomás, Tomás Albano, mucho gusto.
- Igual. Yo soy Mónica.
- Y yo me llamo Andrea.
En ese instante, el único que no había dicho nada y
aparentaba no escuchar, levantó la vista y sin moverse, dijo: ¿Andrea? Andrea Montalva, la hermana de
-
Claro, sí me
acuerdo de ti- se encontró diciendo, ajena a la interrupción que lo descolocó a
él por un momento, el espacio exacto para provocar esos silencios raros. Todos se miraron, sonrieron.
-
¿Y cómo está,
-
En realidad, no
sé, no la veo hace un tiempo ya- dijo ella como si fuera lo más normal y
agregó: ¿y tú?
-
Bien, bien.
Callados de nuevo, sin saberlo, sus pensamientos los
llevaron a buscar formas de volver a sus casas.
Mirar y no hacerlo, sonreír sin motivo, instalar los lentes y las
gorras, comentar con una frase a medio camino.
A los cinco minutos del comentario del pronóstico del tiempo, cada uno
iba de vuelta hacia sus respectivas casas.
La puerta, el umbral, los mismos olores, sonidos,
palabras. Normal, todo normal. Y al encontrarse con la pareja, decir como al
pasar: ¿mañana vamos juntos a caminar?












Creo Maca
Que a pesar de ser diferentes, de tener vidas distintas...hay siempre cosas comunes que nos van uniendo, puede ser esta historia, o la de la jaula, u otro cuento. Capaz que yo me veo reflejada en una u otra....Besos bonita.
~ un cronopio es una flor, dos son un jardín ~
Malú