Y te veo asomado a la ventana, como un gran halcón,
listo para atrapar tu presa. Pero sin
embargo, cuando cierro los ojos y te recuerdo te veo tierno, ilusionado… como
hombre sediento que después de un largo laberinto de soledad encuentra en mí un
momento de humanidad, de volver a sentirte vivo, bullendo de ganas de ser otro…
Y abro los ojos y sigues en la ventana, la misma
desde la cual nos miramos un tiempo antes de atrever a hablarnos. Miras esta noche turbulenta, sin saber lo que
te espera. Todo está confuso, no eres la
excepción.
Cierro de nuevo los ojos y vuelvo recordar la
primera vez que me pediste no cerrar mi ventana: No, por favor no lo hagas, dijiste. Ganaste tiempo para alabar mi jardín, el cual
te provocaba compañía, inspiración, pero por sobre todo te impulsaba a llegar hasta
las manos que se enterraban en la tierra, por entre medio de piedras y ramas
secas, para darle forma a este proyecto tan mío de construirme un jardín.
En las cuadras adyacentes y otras, el comentario de
Hoy, la agudeza visual del halcón quiere autonomía…
piensa sólo caminar sobre mi creación. Y
me da miedo. Aún sigo siendo
Vuelvo a cerrar mis ojos, ilusionada en que vendrán
los recuerdos y volverás a ser cuidadoso, observante, inteligente. Pero el espacio habitado y las imágenes
compartidas no aparecen.
Hay mucho silencio y oscuridad. Siento tu aliento en alguna parte, tu piel de
plumas austeras no me busca: tu aliento
no es pasión, es la fatiga de no poder –a pesar de toda la maldad desplegada-
deshacerme, borrarme.
Igual que alguna vez lo hicieron nuestros cuerpos,
ahora son nuestras pupilas las que se acoplan:
en las tuyas sólo veo ramas secas, retorcidas, arrancadas. Busco un espejo y en los míos las flores y
plantas se agarrotan a las raíces: no se
dejarán pisotear. ¿Y yo, acaso soy yo
quien me dejaré aplastar?, le pregunto a un cielo oscuro, atrevido,
silencioso. En tus ojos ahora arrecia el
viento, ese viento caliente, listo para permitirte desplegar tu rapacidad. En los míos, el lamento brota subterráneo
desde los mismos bulbos que impulsaste y colmaste de alabanzas.
Algo cruje y de nuevo estoy rodeada por las barras con
las que este halcón me ha dejado. No más
palabras, no más regadíos, no más podas.
No más, sentenciaste altivo desde tu risco, al tiempo que girabas en
busca de otros cielos, otras ramas, otras raíces donde acunar admiración y
lujuria.
No puedo dormir, digo a tu ausencia. Espero, espero cualquier cosa. Comienzo a derramarme en mi jardín
inconcluso, voy retirando con cuidado tanta manifestación de la naturaleza y
las voy dejando en cajas individuales.
Abundan colores y aromas, los tamaños y su despliegue también son
disparejos. Y como el halcón, como la
reja después, como el insomnio ahora, me rodean, mirándome insistentes,
exigiendo una reacción. Pero yo no puedo
reanudarme, apenas sigo siendo
Mucho, muchísimo tiempo después me vuelvo a asomar a
la ventana, la nuestra. Y veo que en la
tuya hay movimiento: a ratos es pausado
y luego le da paso a compases frenéticos.
La pena es inmensa, no la puedo contar ni en números
ni en palabras. Todo fue buscar, doler,
dejar ir, soñar, sudar. Un rato hubo
temblores, dudas, rabia, tonteras. Pero
sin saber cómo ni por qué, sólo quedó nada:
no nadie, si no que nada.
Vuelvo a hurguetear en la ventana, todo ha
desaparecido. Tomo un nuevo sorbo, como
lo he venido haciendo desde que me quedé entre rejas. El líquido se funde con mi sangre y entonces
el calor y la somnolencia y la fuerza me inundan: sé que todos estos sentires son tuyos, esos
son los movimientos delirantes con los que te paseas junto a ella por la
ventana. Quiero sentirte adentro y que
tus manos me amasen hasta fundirme en las yemas de tus dedos. No, no pasará le respondes a ella cuando te
pregunta lo que yo anhelo.
La cadencia continua, mi impavidez se instala: ya sé que nunca se irá. He quedado entumida, electrocutada, ahogada,
suprimida. Y el dolor, Dios, el dolor,
es lo único que me ancla al mundo, a la realidad del no más, de nada, de nadie,
de no otra vez, fue todo. Tus semillas
eran malas, débiles, siempre asustadas, me lanzas sin mediar ni un breve
respiro, ni la más mínima duda.
No duermo, insomne, insomne por siempre desde que
estoy en tu jaula. Cuando quise cruzar
la calle y tocar el timbre, dijiste no, aún no eres libre, por eso, por eso la
jaula, la partida, la nada.
Aún te observo.
A través de tus barrotes. Lo
sabes. Pero prefieres ignorarme y
regocijarte en otra hembra, en otra historia.
En otro jardín. Además, ya ni
siquiera lo tengo: pétalos, hojas, savia
y raíces fueron aplastadas por mi dolor persistente, por tu ausencia para
siempre, por nuestra equivocación de instantes.
Antes de desterrarme, quiero saber: ¿cuándo, cuándo abrirás la reja, te harás a
un lado y me dejarás volar hacia un mundo nuevo, donde poder volver a empezar, donde
la sincronía sea perfecta, donde todo se entienda y se diga con intuición? ¿Cuándo?
Pero, ¿sabes?, ya no quiero una respuesta. Estoy bien aquí, sola, insomne, viendo pasar
la vida desde la jaula de un halcón.












No es rabia...
Estoy muy triste/cansada Malú... este cuento me gusta, creo que es un muy buen texto con sus consiguientes sub-textos.
Sucumbir o resignarse-- parece ser la cuestión.
Estás escribiendo muy bien, como si las palabras te salieran sin pensar... sin embargo, me dijeron el otro día que eso que uno cree que parece tan fácil... significa que detrás hay mucho, mucho, mucho camino recorrido y aprendizaje realizado y conocimiento/comprensión incorporados.
Te mando un abrazo sincero
Macarena